Daga
Los
presentes estaban observando, como si de un Juicio Final se tratara.
-No
tengo miedo, y mi Fe mueve las montañas –dije convencido.
Tomé la daga. Mi amada me sonrió convencida y admirada.
-Yo
tampoco tengo dudas –dijo.
Clavé la daga en su pecho, inmediatamente me
percaté
que había
calculado mal el golpe. Ella abrió los labios en un suspiro apagado, sordo, sin
ruido; había
sentido el frio filo en su corazón.
Miré tres veces la empuñadura de la daga hundida y luego su
rostro. La abracé.
-Debo
estar soñando
–pensé-, debo estar soñando…
Me
asusté
y mi sueño
se hizo pesadilla.
La
abracé
fuerte y de una súbita
sacudida me desperté.
Estaba
abrazando a mi amada, ella dormía,
parecía
tener un hermoso sueño,
ya que dibujaba una sonrisa. Acaricié el rostro…
mis dedos tenían
sangre.
Me
incorporé
en la cama, no había
arma, ni daga, ni espada, ni cuchillo. Las sabanas estaban empapadas de sangre.
Ella sin vida.
Cuando
terminé
de redactar esto, seguía
llorando.