La visión me tomó por asalto de manera brusca, fue con un
profundo dolor en el pecho, como de esos cuando uno anda enamorado y lo pierde
todo. Me faltaba el aire, me estaba ahogando…
Ahogando y hundiendo, estaba en un mar, sentía la corriente
de agua moverse, estaba lejos de la costa y mientras intentaba flotar, veía por
momentos la costa, el cielo y luego la masa de agua a mi alrededor. Relajé mis músculos
y salí a flote. Allí la vi parada, sentí sus felices pies descalzos en la arena
acariciada por las olas, me hundí, junté fuerzas y sumergido me lancé hacia
adelante, luego nadé y pronto con mis brazadas llegué a la orilla, surgí de
entres las olas, ya era de noche, -que extrañas eran esas olas-, cuando puse
pie en la costa con el mar y sus rompientes aguas, Ella ya no estaba.
De repente como en los sueños, me encontré en otro lugar
completamente distinto, aunque sabía que era cerca de la costa pero en otro
lugar, otro, como muchas veces sucede en los sueños, en las visiones…
y en la
vida real.
La multitud no era mucha, pero allí estábamos todos. La
explanada interna de un castillo, como de esas viejas estructuras medievales.
Altos muros de enormes piedras. Humedad de intemperie. Aromas y olores de la
feria matutina. Antorchas de fuego, dando penumbras y luz sobre algunos
rincones y caras extrañas. Pero sin embargo a nadie parecía llamarle la
atención que la banda tocaba Rock y los equipos de música y los instrumentos
funcionaban con la fuerza del siglo XXI, que no deja de ser magia de flujo de
electrones.
El hombre de la guitarra eléctrica dijo a sus compañeros
juglares…
"Para la próxima canción afinamos en el tono de
la sonrisa de esa muchacha",
la señaló estirando su brazo y así lo hicieron inmediatamente cada uno con su instrumento y
cuando comenzó la canción, esta era una melodía mágica.
Y yo la vi, sonriendo
increíblemente, llenando de sentido la noche.
¿Cómo puede permitir Dios la existencia de semejante
criatura?
Lo vi a él, en realidad lo sentí y comencé a buscarlo con la
mirada. Perfecto, un cazador entre la selva de gente, entre el mar de personas,
calculando el golpe justo en el momento exacto, lo vi como se acercaba sin
dejarse ver, se retiraba, daba vueltas, interactuaba con la gente, ¡Jamás! Sin
perder su objetivo. Tal vez Ella lo miró o percibió su presencia también y él
se acercó más. Era como una danza ensayada con una multitud alrededor y entre
ellos, pero no sabría decir quién era la presa y quien el cazador.
Los inquisidores se movían ocultos, inclusive vi que
intentaron pararlo, un inquisidor le colocó la mano sobre el pecho. Lo quemó
con su palma abierta causando ardor, pero él lo miró a los ojos y lo esquivo,
apenas una mueca de dolor que guardo en otro secreto.
Se escucharon gritos y graznidos, unos cuervos negrecieron
la noche, cuervos de ángeles negros, batiendo sus sucias alas de maldad, todo ya
era una pesadilla.
El remolino de cuervos qué gritaban intentó descender directamente
sobre Ella.
Y juro que yo lo vi con mis propios ojos, aunque esto era una
visión, vi con mis propios ojos y lo sufrí con mis sentidos, vi su salto, él
saltó. Por un momento entre el terror de las personas al verlo desplegar sus
alas, sus brazos alas, entre los gritos -como si un hombre podría causar mas
indignación que una bandada de cuervos-, la vi a Ella sonriendo. Antes que él
la golpeé Ella entendió el movimiento, sí, lo sé porque lo sentí, se agachó dejándolo
pasar por arriba con sus brazos alas.
El instante. De la luna bajaron rayos de luz, fluyendo, perfectos
mágicos y abrieron paso rompiendo la noche y la nube de cuervos qué huyó. Y
esos hermosos rayos bañándolo a él, sus plumas, su rostro, su perfecto intento
de inmensidad y de ser alguien digno. Los rayos continuaron su camino, parecían
ir en cámara lenta descendiendo; la abrazaron a Ella, la cubrieron ¡Pero esos
rayos eran de ella! ¡Lo eran también!, hermosa, con el rostro sobre el piso
vario el sentido de los rayos que se convirtieron en rayos de agua luz, y pude
ver como se transformaban en la primera ola de aquel mar que yo había probado.
Silencio, la noche era única, ¿Había gente a nuestro
alrededor en ese momento? ¿Dónde estaba? Pareciera que ya no existiera nadie.
Él descendió sobre la tierra, apoyo sus pies y se acercó a Ella,
le dio la mano y pude escuchar que susurró una sola palabra… Isilme…
En un cielo nocturno hermoso, las estrellas colgaban
milagros, como si una constelación imitará su dulce sonrisa y toda la acción.
A continuación se acercaron con motivo de un beso…
Pero no pudieron dárselo, no se lo dieron.
¡Qué injusticia!
Desdichado me vi empujado hacia la realidad. Surgí de entre
las circunstancias y problemas del mundo que no eran nada; un mundo que
indignado asiste a sufrimientos más relevantes, dolores personales y mundiales
desgarradores; pero la injustica de ese beso no dado era un dolor profundo en
mi pecho, justamente, como de esos cuando uno anda enamorado y lo pierde todo.
El escritor estaba con su papel sin entender mucho que
sucedió, el supuso que lo escribía, un dibujante sorprendido me entregó un
arrugado papel con un poema.
Quiero creer que parecía incompleto.
Y ese beso no dado, por el momento es una injusticia…