domingo, 31 de agosto de 2014

Edmundo Rivero - Dos Ladrones













DOS LADRONES
(canción)


Hay tres cruces y tres
crucificados
En la más alta, al medio,
El Nazareno,
A un costado, lloraba el
ladrón bueno
Rogándole el perdón de sus
pecados.

El rostro torvo, dientes
apretados
Mascaba el ladrón malo, el
duro freno,
El odio y destilaba su
veneno
Con los rencores de los
condenados.

¿No sos hijo de Dios?,
Dale, salvate,
Sos Rey de los Judíos,
arreglate,
¿Por qué no te bajás?,
Dale, sumiso...

Jesús ni se inmutó y así,
en un hilo
Le dijo al ladrón bueno: “Está
tranquilo
que hoy partirás conmigo,
al Paraíso...”

Letra : Jorge
Otero Pizarro
Música : Edmundo
Rivero 
(Leonel Edmundo Rivero)

Grabada
por Edmundo Rivero con acompañamiento de su guitarra. (sello Phillips, 1978)



jueves, 7 de agosto de 2014

Injusticia en una visión


La visión me tomó por asalto de manera brusca, fue con un profundo dolor en el pecho, como de esos cuando uno anda enamorado y lo pierde todo. Me faltaba el aire, me estaba ahogando…


Ahogando y hundiendo, estaba en un mar, sentía la corriente de agua moverse, estaba lejos de la costa y mientras intentaba flotar, veía por momentos la costa, el cielo y luego la masa de agua a mi alrededor. Relajé mis músculos y salí a flote. Allí la vi parada, sentí sus felices pies descalzos en la arena acariciada por las olas, me hundí, junté fuerzas y sumergido me lancé hacia adelante, luego nadé y pronto con mis brazadas llegué a la orilla, surgí de entres las olas, ya era de noche, -que extrañas eran esas olas-, cuando puse pie en la costa con el mar y sus rompientes aguas, Ella ya no estaba.


De repente como en los sueños, me encontré en otro lugar completamente distinto, aunque sabía que era cerca de la costa pero en otro lugar, otro, como muchas veces sucede en los sueños, en las visiones…
y en la vida real.


La multitud no era mucha, pero allí estábamos todos. La explanada interna de un castillo, como de esas viejas estructuras medievales. Altos muros de enormes piedras. Humedad de intemperie. Aromas y olores de la feria matutina. Antorchas de fuego, dando penumbras y luz sobre algunos rincones y caras extrañas. Pero sin embargo a nadie parecía llamarle la atención que la banda tocaba Rock y los equipos de música y los instrumentos funcionaban con la fuerza del siglo XXI, que no deja de ser magia de flujo de electrones.


El hombre de la guitarra eléctrica dijo a sus compañeros juglares…

"Para la próxima canción afinamos en el tono de la sonrisa de esa muchacha"
la señaló estirando su brazo y así lo hicieron inmediatamente cada uno con su instrumento y cuando comenzó la canción, esta era una melodía mágica.


 Y yo la vi, sonriendo increíblemente, llenando de sentido la noche.

¿Cómo puede permitir Dios la existencia de semejante criatura?

Lo vi a él, en realidad lo sentí y comencé a buscarlo con la mirada. Perfecto, un cazador entre la selva de gente, entre el mar de personas, calculando el golpe justo en el momento exacto, lo vi como se acercaba sin dejarse ver, se retiraba, daba vueltas, interactuaba con la gente, ¡Jamás! Sin perder su objetivo. Tal vez Ella lo miró o percibió su presencia también y él se acercó más. Era como una danza ensayada con una multitud alrededor y entre ellos, pero no sabría decir quién era la presa y quien el cazador.


Los inquisidores se movían ocultos, inclusive vi que intentaron pararlo, un inquisidor le colocó la mano sobre el pecho. Lo quemó con su palma abierta causando ardor, pero él lo miró a los ojos y lo esquivo, apenas una mueca de dolor que guardo en otro secreto.


Se escucharon gritos y graznidos, unos cuervos negrecieron la noche, cuervos de ángeles negros, batiendo sus sucias alas de maldad, todo ya era una pesadilla.

El remolino de cuervos qué gritaban intentó descender directamente sobre Ella.

Y juro que yo lo vi con mis propios ojos, aunque esto era una visión, vi con mis propios ojos y lo sufrí con mis sentidos, vi su salto, él saltó. Por un momento entre el terror de las personas al verlo desplegar sus alas, sus brazos alas, entre los gritos -como si un hombre podría causar mas indignación que una bandada de cuervos-, la vi a Ella sonriendo. Antes que él la golpeé Ella entendió el movimiento, sí, lo sé porque lo sentí, se agachó dejándolo pasar por arriba con sus brazos alas. 


El instante. De la luna bajaron rayos de luz, fluyendo, perfectos mágicos y abrieron paso rompiendo la noche y la nube de cuervos qué huyó. Y esos hermosos rayos bañándolo a él, sus plumas, su rostro, su perfecto intento de inmensidad y de ser alguien digno. Los rayos continuaron su camino, parecían ir en cámara lenta descendiendo; la abrazaron a Ella, la cubrieron ¡Pero esos rayos eran de ella! ¡Lo eran también!, hermosa, con el rostro sobre el piso vario el sentido de los rayos que se convirtieron en rayos de agua luz, y pude ver como se transformaban en la primera ola de aquel mar que yo había probado.


Silencio, la noche era única, ¿Había gente a nuestro alrededor en ese momento? ¿Dónde estaba? Pareciera que ya no existiera nadie.


Él descendió sobre la tierra, apoyo sus pies y se acercó a Ella, le dio la mano y pude escuchar que susurró una sola palabra… Isilme


En un cielo nocturno hermoso, las estrellas colgaban milagros, como si una constelación imitará su dulce sonrisa y toda la acción.

A continuación se acercaron con motivo de un beso…

Pero no pudieron dárselo, no se lo dieron.

¡Qué injusticia!


Desdichado me vi empujado hacia la realidad. Surgí de entre las circunstancias y problemas del mundo que no eran nada; un mundo que indignado asiste a sufrimientos más relevantes, dolores personales y mundiales desgarradores; pero la injustica de ese beso no dado era un dolor profundo en mi pecho, justamente, como de esos cuando uno anda enamorado y lo pierde todo.


El escritor estaba con su papel sin entender mucho que sucedió, el supuso que lo escribía, un dibujante sorprendido me entregó un arrugado papel con un poema.

Quiero creer que parecía incompleto.


Y ese beso no dado, por el momento es una injusticia…



viernes, 1 de agosto de 2014

Una visión memorable

 
   Estaba yo en una imprenta del infierno cuando vi el modo mediante el cual se transmite el conocimiento de generación en generación.
   En la primera cámara se hallaba un hombre dragón. Limpiaba la basura acumulada ante la entrada de una caverna. Dentro, cierto número de dragones excavaban la gruta.
   En la segunda cámara había una víbora. Envolvía la roca y la caverna y otras la engalanaban con oro, plata y piedras preciosas.
   En la tercera se veía un águila con alas y plumas de aire. Por su causa, el interior de la cueva era infinito. En su torno, muchas águilas semejantes a hombres, construían palacios en los inmensos acantilados.
   En la cuarta cámara se percibían leones de llameante fuego que, muy airados, transformaban a los metales en fluidos vivos.
   En la quinta, unas formas innominadas lanzaban los metales al espacio.
   Allí las percibían los hombres que ocupaban la sexta cámara, asumían forma de libros y eran dispuestos en bibliotecas.
  Los gigantes que dieron a este mundo su existencia sensorial y que ahora parecen vivir encadenados en él son en realidad las causas de su vida y las fuentes de toda actividad; pero las cadenas son la astucia de las mentes astutas y mansas con poderes para resistir la energía, de acuerdo con el proverbio que dice: el débil de coraje es fuerte en la artimaña.
   De este modo, parte del ser es lo prolífico y la otra lo que devora. Al devorador le parece que el productor está encadenado. Sin embargo no es así: éste sólo toma porciones de existencia y se imagina que toma el todo.
  Pero el prolífico dejaría de serlo si el devorador, como mar, recibiera el exceso de sus delicias.
   Algunos se preguntarán: ¿no será Dios solamente el prolífico? Respondo que Dios sólo actúa y es en los seres existentes o los hombres.
   Estas dos clases de hombres están siempre en la tierra y tendrían que ser enemigos.
  Quienquiera que procure reconciliarlos buscará destruir la existencia.
  La religión es un esfuerzo de reconciliar a ambos.
   
Nota: ¡Jesucristo no quería unirlos, sino separarlos, como se prueba en la parábola de las ovejas y las cabras! Dijo: no he venido a traer la paz, sino una espada. (1)
   
El Mesías, o Satanás o el Tentador se consideraban antes alguno de los antediluvianos que son nuestras energías.
  
(1) Evangelio según San Mateo.
 

Blake, William, “Las bodas del cielo y el infierno”. Traducción de Pablo Mañe.