miércoles, 4 de junio de 2014

Un Milagro en tus ojos (Reversión en 2021)

Fue un instante milagroso, un fragmento de eternidad en donde me vi reflejado en sus ojos.

Inmensos, poderosos, marrones, suavemente vidriosos; mi figura reflejada en sus ojos, en donde perfectamente pude distinguirme sobre unas brillantes pupilas ¿acaso serian lagrimas?

Ella estaba mirándome, en cuclillas para estar a mi altura, sé que lo hizo para conectarse conmigo, con mis ojos; su reputación la precedía.

No sé si sonrió o si estaba concentrada en seriedad, si sufría o si disfrutaba verme así, es qué solo me detuve en sus ojos.

La luz que parecía caer del atardecer inundaba su figura y en su rostro un destello formó la combinación justa de luces, formas, sombras y colores para transformarlo en un espejo, y en sus ojos… me reflejé.

Mis propios ojos mirándola sorprendido, mi cara transpirada por los nervios, los contornos de mi ser y de todo el mundo detrás mío, algunos cabellos sueltos sobre mi rostro, mi sonrisa al percibir el milagro.

Inmensos, poderosos, marrones, suavemente vidriosos…

Fue mágico, fue único, un instante de pocos segundos que duró casi una eternidad y aunque yo fui el único testigo, sé que también pudo verse reflejada en mis ojos.

Fue lo último que vi, ella se incorporó, tomo la distancia adecuada y en un movimiento perfecto, calibrado por la costumbre, la experiencia y su reputación, bajó su hacha sobre mi cuello.

 

Hija del verdugo, y con una vida tan difícil y distinta como la de cualquiera. A la muerte de su padre, el señor feudal siguió necesitando de los servicios de la familia, y ella ocupó el lugar, conocedora del arte de cortar cabezas.

En aquel atardecer, cumplió el dictamen del juicio, la plaza del pueblo estaba con la concurrencia habitual para este tipo de espectáculos, los gritos, las burlas, el silencio que pedía el verdugo con una mano alzada antes del momento final.

Ella ya no usaba capucha, “un hombre debe ver la cara de su verdugo, por respeto” decía su padre.

Así mismo, no sé si ella se vio reflejada en los ojos de la víctima. Sé que fue una muerte especial. Aunque luego de aquel atardecer, continuó con su trabajo, muy de vez en cuando recordaba el milagro de la refracción de los ojos, pero continúo sin ningún remordimiento cortando cabezas.

Fue un momento especial, pero, aunque todo había cambiado, todo seguía igual.

domingo, 1 de junio de 2014

El Valiente Pincen

Lloré

Estaba leyendo la historia del cacique Pincen, bravo indio rebelde que fue conocido como el Azote del Oeste y norte de las Pampas.
Su rival de frontera fue Conrado Villegas. Ambos fueron sabios guerreros qué a través de los años se aprendieron a respetar. Incluso, el huinca hizo todo lo posible según la documentación histórica y las anécdotas compartidas para ayudar al indio a no ser muerto por el ejercito argentino.
Roca, el infame militar ideólogo de la Terrible y vergonzosa Campaña del Desierto; obligo a Villegas a dar el último golpe a las tolderías de Pincen.
Leía yo las líneas de su ultima huida frente al ataque traicionero de los guardias de frontera (que no respetaron los tratados de paz) y por un instante pude meterme en ese relato, pude viajar a ese momento y sentí el viento pegarme en la cara. No sentí en ningún momento el miedo de Pincen que escapaba a la vista de los invasores para ser perseguido y así su chusma y sus indios tengan una oportunidad de huir.
La valentía de Pincen no entran en estas pocas líneas.
Un perro fiel ladró inoportunamente y la partida de huincas soldados asesinos, descubrieron al cacique septuagenario.
Salió a su encuentro, valeroso, ante las miradas incrédulas de la jauría asesina en uniformes. Nadie podía creer  el golpe de suerte de aquella tarde.
Villegas Perdonó la vida, tal vez por honor, por cortesía, o por conveniencia de tener semejante trofeo de guerra. Incluso dejó a Pincen entrar con sus mejores pilchas al fortín de Trenque Lauquen, así la historia lo recordaría altivo y valiente.
Dicen que Villegas y él, iban charlando en sus monturas mientras el pueblo estaba anonadado.
Yo no aguanté semejante injusticia y lloré.
No recuerdo haber llorado por unas páginas, pero esto es una cruel, heroica e injusta historia.
Mataban indios como si fueran hormigas, sin vergüenza, sin misericordia.
Roca hoy estas en un billete, pero sos el tirano, Pincen es mi héroe. Quizás porque yo alguna vez sentí el viento, quizás porque soy soy Argentino de la Patagonia.
No sé. Lloré.