El camello estaba perdido. No importa porque y cómo, porque la historia empieza ahí, en el momento en que se pierde. Más tarde él mismo se daría cuenta de su extravío.
El
desierto abrazador, compañero, misterioso, ahora era su tumba.
Pero a
sabiendas que solo era una criatura frente a la inmensidad de las arenas, se
dispuso a mantener el paso firme, tranquilo y llevadero.
Yo lo
seguí con mi corazón desde la distancia. Al rato empecé a sufrir, pero él mismo
me tranquilizó, haciéndome ver que la suerte estaba echada pero el destino se
puede cambiar.
Porque
cuando vienen las cosas buenas, lo hacen de a montones.
Solo
las cosas malas se nos presentan solas, porque su falta de energía no les
permite ni siquiera conspirar juntas contra nosotros.
Los
pasos en la arena a veces se volvían pesados, imposibles. Los vientos habían
movido mágicamente toneladas de pequeños granos, pero el tiempo y su propio
peso no los había compactado lo suficiente.
Agua,
un imposible. Pero el camello no se dejó atormentar por ese pensamiento, sus
reservas eran buenas, pero la suerte, sabía repetírselo sin miedo. La suerte estaba echada.
Pronto
y también por suerte tal vez, la noche cayó. Un manto helado que puede ser más
peligroso que el mismo sol hambriento, y yo también sentí el frio.
Las
estrellas titilaban en cualquier horizonte, en el mismo cenit, eran guardianas
observadoras. El camello se detuvo un rato a contemplar la magia del universo. Yo me dejé sonreír, maravillado. Era mi primera vez en el desierto.
Más
tarde me desperté, me había quedado dormido, la culpa me arrebató. No
encontraba al camello, mi corazón casi se detuvo, con frio y asustado, me costó
adaptarme a la oscuridad.
El
camello había avanzado, en vuelo imaginario pude alcanzarlo. El sintió mi
presencia incorpórea y me hizo una señal.
El
amanecer rompió en rojo en el horizonte. Yo no pude evitar llorar por lo
emocionante. El camello continúo, sabia y lo sentí, que se acercaba el final.
Más
tarde el espejismo.
Danzando
a la distancia en el horizonte, mezclándose con los rayos del sol, y la bruma
del calor, divisamos el oasis.
A
pocas leguas, el camello advirtió el final. Nunca llegamos al verde
esperanzador de aquellas palmeras.
Alá
misericordioso, no estaba ajeno a esta situación.
En
recompensa por el justo comportamiento del animal ante la adversidad, lo premió.
No
figura en ninguna historia, ni en libros, tampoco en los cuentos junto al fuego
de las caravanas.
Este
camello ahora es el espíritu circundante de los oasis, ayudando a los viajeros
y a las demás criaturas a surcar los últimos pasos hacia los pequeños paraísos
del desierto. Invitándolos y guiándolos.
Hasta
donde me imagino, esto sucedió hace siglos y sin embargo el camello me guió
desde aquí por el desierto y soy testigo de su historia.
Alá
misericordioso cuida nuestros caminos.