Atravesando un instante del
tiempo
Esta
vez no fue una visión la que me asaltó en mi calma, sino que yo fui a su
encuentro. Pero tampoco puedo decir que fue una visión.
Más
bien iba cabalgando en el viento, sobre el camino, empujado por la búsqueda de
ciertas estimulaciones. En mi viaje, sentí el grito desgarrador del silencio.
Me
detuve.
La
noche cerrada y sin luz de la ciudad solo desparramaba estrellas en un oscuro y
más silencioso firmamento.
Ella,
niña, estaba al costado del camino, quiso sonreírme al verme, pero su dolor era
mayor que cualquier intento de conversación.
“No
importa la religión o la creencia que tengas viajero –me dijo-. Un pecado es un
pecado, aquí en este instante de la humanidad como en los anteriores. No
importa el castigo de tu Dios o que Dioses resguardan tu camino. Sabes en el
fondo de tu alma lo que un pecado es”.
Hizo
silencio para que asimilará lo que me desafió.
“La
naturaleza del pecado es única –agregó-, reconocible, aun
entre la maldad”.
Atiné
a poner mi mano en su hombro, buscando la forma de hacerle saber que yo la
escuchaba, y que le extendía mi energía para sobrellevar el instante.
-Eres
muy niña para saber y hablar de pecados, incluso de pecar.
“¿Acaso
no nacemos en el pecado estúpido ignorante? ¿Acaso no lo aceptaste por los
siglos de los siglos?”
Me
asustó el tono en que me lo dijo, su vocabulario pareció cargado por las
picardías de un demonio. ¿Y si era víctima de un engaño? Y aquí la dulce inocente
imagen no era un artilugio justamente de un astuto demonio.
Incluso
voy descubriendo la verdad mientras sucede este instante, mientras el escritor
de mi realidad sentado en un colectivo sobre la Ruta va escribiendo mi suerte. Ni
él ni yo sabemos cómo terminara esta historia por el momento.
Mi
susto fue tal cuando las alas de la niña se desplegaron por un momento, para
luego taparse con ellas, como abrigándose. Levantó su mirada y la encontró con
la mía. Ahora si sonrió.
¿Demonio?
¿Ángel? ¿Criatura mística?
“¿Cuántas
veces has pecado a conciencia esta última semana viajero?” –preguntó una
vez más con voz tierna.
“Tú
y todos sabemos del pecado, lo reconocemos aun antes de cometerlo. Y esperamos
que el peso de la culpa no sea lo suficientemente agobiante en el futuro”.
Sus
alas se abrieron una vez más, el sonido y el viento producido por el movimiento
me llegó y me estremeció. Las dejó quietas, estiradas, me sonrió, se volvió a
abrigar con ellas haciendo un círculo. “Una casita” pensé tratando de sacarle
una sonrisa a mi terror y confusión.
“Restamos,
subestimamos, quitamos prestigio a los dioses, al futuro castigo de cada
infierno más allá de esta vida terrenal”.
“Tal
vez
–continuó-, ya habrá tiempo a su debido tiempo, cuando deba sentarme frente
a ellos” –dijo con un tono burlón.
Con
sus alas acompañaba el discurso como si fueran sus manos, y las movió
lentamente como si estuviera haciendo ademanes con sus brazos.
“Vuelve
a perdonadme, oh dios santo mío dios” –dijo echando sus ojos para arriba. Su
flequillo jugó sobre su frente, lo que hizo que su suplica se vuelvo más
inocente.
Tanto
yo, como quien escribe, nos percatamos que había sido apropósito.
“El
Pecado Viajero. Piénsalo. Mejor aún, siéntelo”.
En
una confusión me desperté sin estar dormido, escribiendo, aunque lo haya
vivido. Y mientras lo recordaba, el escritor se preguntó si fue él el pecador.
Al
mismo tiempo en esta confusión, la niña desplegó sus alas, se incorporó, era
tan alta como un adulto. Me besó en la mejilla, como la tentación hace a cada
instante en nuestras vidas pecadoras y lanzó vuelo por los aires nocturnos,
perdiéndose en la altura entre las estrellas.
El
viento volvió a empujarme encausándome en el camino una vez más. Llevándome. Y
dejé al lector sin que se haya dado cuenta desde el principio, leyendo estas
palabras.
Preparando
su próximo pecado.
Tal
vez una nota aclaratoria:
Acá
son las cuatro de la madrugada en algún lugar de la Ruta, no sé a qué hora
sucedió, o a qué hora lo estas leyendo.
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