Fue un instante milagroso, un fragmento de eternidad
en donde me vi reflejado en sus ojos.
Inmensos, poderosos, marrones, suavemente vidriosos;
mi figura reflejada en sus ojos, en donde perfectamente pude distinguirme sobre
unas brillantes pupilas ¿acaso serian lagrimas?
Ella estaba mirándome, en cuclillas para
estar a mi altura, sé que lo hizo para conectarse conmigo, con mis ojos; su reputación la precedía.
No sé si sonrió o si estaba concentrada en
seriedad, si sufría o si disfrutaba verme así, es qué solo me detuve en sus
ojos.
La luz que parecía caer del atardecer
inundaba su figura y en su rostro un destello formó la combinación justa de luces, formas,
sombras y colores para transformarlo en un espejo, y en sus ojos… me reflejé.
Mis propios ojos mirándola sorprendido, mi cara
transpirada por los nervios, los contornos de mi ser y de todo el mundo detrás mío, algunos cabellos sueltos
sobre mi rostro, mi sonrisa al percibir el milagro.
Inmensos, poderosos, marrones, suavemente vidriosos…
Fue mágico, fue único, un instante de pocos
segundos que duró casi una eternidad y aunque yo fui el único testigo, sé que también pudo verse reflejada en
mis ojos.
Fue lo último que vi, ella se
incorporó, tomo la distancia adecuada y en un movimiento perfecto,
calibrado por la costumbre, la experiencia y su reputación, bajó su hacha sobre mi cuello.
Hija
del verdugo, y con una vida tan difícil y distinta como la de cualquiera. A la muerte
de su padre, el señor
feudal siguió
necesitando de los servicios de la familia, y ella ocupó el lugar, conocedora del arte de
cortar cabezas.
En
aquel atardecer, cumplió
el dictamen del juicio, la plaza del pueblo estaba con la concurrencia habitual
para este tipo de espectáculos,
los gritos, las burlas, el silencio que pedía el verdugo con una mano alzada antes del momento
final.
Ella
ya no usaba capucha, “un hombre debe ver la cara de su verdugo, por respeto”
decía su padre.
Así mismo, no sé si ella se vio reflejada en los ojos
de la víctima.
Sé que fue una muerte especial. Aunque
luego de aquel atardecer, continuó con su trabajo, muy de vez en cuando recordaba el
milagro de la refracción
de los ojos, pero continúo
sin ningún
remordimiento cortando cabezas.
Fue
un momento especial, pero, aunque todo había cambiado, todo seguía igual.
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