Promesas
La criatura se escondió al
escuchar la proximidad del ruido, bastó un movimiento fugaz para esconder su
figura entre los arbustos de yerbas. El
auto se detuvo a la vera de la ruta, accionó las balizas y quedó inmóvil con el
motor ronroneando.
La Caá Yarí, no se
impacientó pero se sintió curiosa y sorprendida por la situación. Los autos con
humanos no hacían eso comúnmente y solo se limitaban a trasladarse de un punto
a otro sobre el camino; de vez en cuando alguno se detenía para tomarse fotografías
o admirar el paisaje; era eso lo que ella estaba haciendo en ese momento.
En los yerbales miles de hojas
de verde plata parecían tintinear con la brisa nocturna, la luz de la luna
llena, mágica y circular las hacia resplandecer. Era un paisaje de oscuros
rincones, verdes platas de yerba, azules profundos de cielo, marrones ferrosos
de un suelo escondido en penumbras y alguna gastada y amarillenta luz
artificial marcando alguna protección sobre la noche.
La hermosa guardiana de los
yerbales, se detuvo a observar un humano que bajó del auto. Apenas atraída por
la elocuencia de sus movimientos lo sentía más como una posible víctima. Probó
mover las ramas del arbusto que era su escondite. El humano se asustó, quedó en
guardia tratando de hurgar en la oscuridad; La Caá Yarí pudo sentir
y oler su miedo, sonrió y volvió a mover el arbusto.
El humano, lentamente se movió
de espaldas “llegó tarde” se excusó para esquivar el miedo, subió al auto y se
perdió a velocidad por a la ruta. La Caá Yarí divertida se
incorporó de pie y en todo su esplendor, tal vez un poco para que el humano
pueda verla de reojo en su huida. Inmediatamente dio vuelta y pasó a admirar
una vez más sus tintineantes hojas de yerbas, avanzó acariciándolas y
sonriendo, a veces reía apenas en voz alta. Se sentía feliz cuidándolos y
recorriéndolos, los había atendido y hecho crecer el doble para las últimas dos
cosechas. Y por eso había venido esa noche.
Se acercó al campamento improvisado de los
peones.
Sabía que seguían llevando una
vida sufrida y de constantes injusticias, los escuchaba charlar sobre patrones,
precios bajos, pagas miserables, jornadas extenuantes, mujeres, futbol; había
aprendido mucho de la vida moderna. Pero ella de corazón tan gentil y amante de
las bellas cosas, no podía dejar pasar una traición.
A la mañana uno de los peones
amaneció tieso, duro, muerto, pero con una mueca que asemejaba una sonrisa.
El patrón llegó al mediodía
para estar al tanto del asunto y decidió quedarse a pasar la noche en la chacra,
se lo veía preocupado por la causa de la muerte de su empleado, mucho más que
los problemas legales de defunción y de la empresa.
Esa noche se acostó tarde, en
realidad se quedó dormido sobre uno de los sillones “Malditas supersticiones
–pensó-, ¿cómo voy a dejarme involucrar por historias de pobres?”
La Caá Yarí sintió el
miedo de su presa, el traidor que mandaba a llamar por otro su presencia.
Enfurecida avanzó hacia la casa, no podía dejar pasar una traición…
Momentos más tarde, se sentía tan
triste que deambuló por los yerbales pasando su mano ensangrentada por las pequeñas
y redondas hojas verde plata, cargando energías nuevamente de la luna, la
tierra, el yerbal y la noche.
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